Durante tres semanas hubo una puerta que abría hacia el otro lado. Marte empujando a Saturno, ninguno de los dos en casa, la tensión subiendo todos los días sin llegar nunca al final. Llegó al final el primer día de este mes, y pasó. Esta semana es lo que viene después de un esfuerzo largo, y lo que viene después de un esfuerzo largo casi nunca es descanso. Es luz.

El caminante que subía la carretera con un haz de varas delante de la cara ha llegado. Ha dejado la carga en el suelo. Y lo primero que le ocurre a quien deja una carga que llevó meses no es el alivio, es la vista. Ve el camino que hizo, ve el lugar al que llegó, y ve el haz en el suelo con una vara menos de las que tenía cuando lo levantó. Se quedó atrás en algún punto del camino y él nunca se dio cuenta. Nadie le va a decir cuál era.

El Sol atraviesa la semana entera en Virgo, la estación de lo que se hace y se ordena, y el viernes de madrugada la Luna se encuentra con él en el mismo grado exacto y desaparece por completo dentro de su luz. Es esto lo que da el tono a los siete días: no hay una segunda luz en el cielo. La Luna, que es la que muestra las cosas despacio y de lado, sale de escena, y queda solo la luz que lo muestra todo de frente y a la vez. Es lo que suele pasar a mediodía, cuando no hay ninguna sombra hacia donde mirar y las cosas quedan exactamente del tamaño que son.

El jueves ocurren tres cosas en pocas horas, y es el día que cambia la semana. Por la mañana Venus sale de Libra, que es su casa, donde estuvo el mes entero a gusto, y entra en un sitio donde nada se resuelve en la superficie. Al final de la tarde Mercurio sale de Virgo, que también es su casa y el lugar donde piensa mejor, y pasa a Libra, donde todo lo que se piensa tiene que pesarse contra lo que piensa otra persona. Los dos salen de casa el mismo día, con pocas horas de diferencia, y ninguno de los dos vuelve esta semana.

Y a esa misma hora, al final de esa tarde del jueves, Urano se para. Está en el mismo grado y en el mismo minuto del cielo desde el lunes, sin moverse, y el jueves invierte y empieza a andar hacia atrás. Vale la pena decir lo que esto es sin ningún aparato: algo que venía avanzando desde hace meses deja de avanzar, se queda quieto a la vista de todo el mundo, y después empieza a desandar el camino por donde vino. No se anuncia con estruendo. Es una decisión que se deshace, un sentido que se invierte, algo dado por cierto que se queda de repente a medias.

Mercurio, mientras tanto, está saliendo del brillo del Sol. Hace dos semanas había entrado en el centro exacto de ese brillo y trajo de allí una claridad que apareció callada y ya hecha. Ahora sale de allí y se vuelve a ver, bajo, justo después de la puesta de sol. Lo que ocurrió en silencio empieza esta semana a tener que decirse en voz alta, y a decirse en un sitio donde ya no basta con tener razón uno solo.

El sábado por la tarde, con menos de una hora entre una cosa y la otra, el cielo hace las dos a la vez. Mercurio queda en buen ángulo con el planeta más hondo y más lento de todos, y queda al mismo tiempo exactamente del lado contrario de aquel que deshace los contornos. Traducido: el mismo día hay algo que se ve con una nitidez que no se discute, y hay otra cosa, justo al lado, que no se deja ver de ninguna manera por mucha luz que se le ponga encima. Las dos son verdad. La tentación del día es usar la nitidez de una para fingir que la otra también está resuelta.

Hay además una ayuda que esta vez llega de verdad. El Sol y Marte están cada día más cerca de un ángulo fácil, y es lo contrario exacto de lo que pasó en agosto: en vez de fuerza golpeando contra una pared, es fuerza que encuentra por dónde pasar. No es espectacular. Es solo la diferencia entre empujar y ser empujado. Quien tenga algo parado desde hace semanas, esta es la semana de volver a tocarlo.

En el escenario del mundo aparece el mismo dibujo. Hay cosas que quedan a la vista en plena luz y sin que nadie las pueda negar, y lo que se descubre no es que estuvieran escondidas, es que estaban a la vista y nadie había mirado. Hay una decisión anunciada hace mucho tiempo como irreversible que se detiene y empieza a andar hacia atrás, con las mismas personas explicando ahora lo contrario de lo que explicaban. Hay quien ha aguantado un peso durante meses y solo ahora, con el peso en el suelo, se da cuenta de lo que aquello le costó. Hay una claridad que llega tan limpia que ya no hay manera de discutir con ella, y aun así no cambia nada, porque ver y hacer son cosas distintas y la distancia entre las dos es siempre mayor de lo que parece. Nada de esto obliga a nadie a nada, porque los astros no obligan, inclinan. Queda la pregunta de la semana: ¿de todo lo que esta semana me mostró en plena luz, cuánto sabía yo ya antes de que me lo mostraran, y cuánto tiempo llevaba fingiendo que aún no me había dado cuenta?