La semana pasada fue de sol a plomo. Todo apareció de frente y del tamaño que tenía, y no hubo sombra donde esconderse. Esta es la última semana del Sol en Virgo, la estación de lo que se hace y se ordena, y la luz empieza a bajar. No se apaga. Vuelve a llegar de lado, más baja y más cálida, como al final de la tarde. Y al final de la tarde ya nadie pregunta qué vio. Pregunta qué va a hacer con eso.
El caminante que dejó el haz de varas a la entrada del pueblo no lo ha vuelto a levantar. Ha hecho fuego con él. Las varas arden en un círculo de piedras delante del portón, las llamas suben altas y no pasan de las piedras, y él está sentado en el suelo a un lado, con las manos vueltas hacia el calor. La figura que estaba al fondo de la carretera desde que salió de la luz también ha llegado. Es una mujer, y está sentada en un muro bajo al otro lado del fuego, con una mano abierta vuelta hacia el calor y en la otra una sola vara de pie. La vara ha echado hojas. Nadie le pregunta de dónde la trajo.
El lunes la ayuda que llegó la semana pasada está en su punto más alto. El Sol y Marte quedan en ángulo fácil exacto, y a partir de ahí ese lazo va perdiendo fuerza despacio. Marte está en Cáncer, un lugar de agua donde a su fuego le cuesta prender, y por eso esta fuerza no es de incendio. Es fuerza de hogar: calienta la casa porque se queda dentro de las piedras, y lo quemaría todo si saliera de ellas. Quien quiera aprovechar el lunes para mover lo que estaba parado, que lo mueva con las manos abiertas y no con el puño.
El martes Mercurio sale del todo del brillo del Sol, y lo que se venía pensando en voz baja queda a la vista de quien mire. Ese mismo día Venus, que está en un lugar donde nada se resuelve en la superficie, aprieta de frente contra el planeta más hondo y más lento de todos. Es el deseo chocando con lo que no se deja controlar: una atracción que lo pide todo, unos celos que aparecen sin que nadie los llame, una lealtad puesta a prueba. Y Venus va más despacio día tras día, como quien frena antes de pararse del todo, algo que solo ocurre a comienzos del mes que viene. Lo que se sienta estos días es para mirarlo con calma, no para firmarlo.
El viernes es el día que decide la semana. Mercurio, que está en el signo de la balanza, queda exactamente del lado contrario de Saturno, y Saturno está en Aries, un lugar donde tiene poca fuerza, y anda hacia atrás. La balanza que lleva semanas con la piedra en uno de los platillos cuelga ahora al borde de la carretera, con una pluma en el otro, y los dos platillos quedan a la misma altura. Traducido: el viernes hay algo que tiene que decirse cara a cara a una exigencia, a un plazo, a una autoridad que dicta condiciones en voz alta porque ya no tiene de dónde agarrarse. Una voz dura sin suelo bajo los pies suele hablar más alto, no más cierto. La respuesta que aguanta no es la que sube el tono. Es la que se queda sentada, con todo su calor, y no se levanta.
Esa misma noche la Luna llega a media luz, en un signo de fuego. Una mitad encendida, la otra por encender. Es el punto de cada mes en que lo que empezó con la Luna Nueva deja de ser intención y pasa a tener que defenderse, o soltarse. Lo que se sembró en la madrugada del viernes pasado llega aquí a mitad de camino, y pide una decisión pequeña y firme, no una declaración.
Lo que esta semana pide es una autoridad que no necesita levantar la voz. No es frialdad y no es paciencia de santo. Es el calor de quien está sentado junto a su propio fuego y sabe exactamente cuánta leña echarle. Tiene una sombra, y la sombra es el mismo fuego con otra forma: querer ser el centro de la sala, medir a los demás por la luz que nos dan, confundir firmeza con posesión. Desde fuera las dos parecen iguales. Solo quien está cerca del fuego sabe cuál es.
En el escenario del mundo aparece el mismo dibujo. Hay mesas de negociación donde una de las partes dicta condiciones cada vez más alto, y cuanto más alto habla menos suelo parece tener. Hay treguas que se sostienen más por cansancio que por acuerdo, con el fuego mantenido dentro de las piedras por manos que no se conocen. Hay alianzas nuevas que se aprietan bajo presión, hechas por quienes ya no confían en el refugio antiguo. Hay pasos estrechos de mar donde una llama pequeña hace subir el precio de todo lo que cruza el mundo. Hay castigos económicos que ya no se quedan en un solo blanco y alcanzan a quien esté cerca. Y por debajo de todo esto, un miércoles como cualquier otro y sin que nadie se dé cuenta, los dos planetas más lentos del cielo acompasan el paso el uno con el otro, y cosas muy antiguas cambian de sitio sin hacer ruido. Nada de esto obliga a nadie a nada, porque los astros no obligan, inclinan. Queda la pregunta de la semana: ¿dónde tengo un fuego que calienta la casa mientras se queda dentro de las piedras, y cuánto tiempo llevo echándole más leña solo para que se vea desde lejos?
ALMUTEM



