Hay semanas en que se decide y hay semanas en que se carga. Ésta es de las segundas. La anterior terminó con una balanza asentándose y con un juicio ya formado, y ésta empieza exactamente donde aquélla acabó: cuando ya no queda nada por pesar, queda lo que quedó decidido, y alguien tiene que llevarlo en brazos hasta el final.
El esfuerzo de estos días tiene un problema sencillo, que es falta de apoyo. Marte atraviesa Cáncer, un signo al que no le gusta nada la fuerza, y va empujando a Saturno, que está en Aries sin tener allí nada suyo y casi no anda. Uno presiona, el otro no cede, y ninguno de los dos está en casa. Es la sensación exacta de estar empujando una puerta que abre para el otro lado. La tensión sube todos los días, de lunes a domingo, y sólo llega al máximo ya en la semana siguiente, lo que quiere decir que estos siete días son de subida de principio a fin.
Y hay una figura que atraviesa la semana entera, de pie, doblada, subiendo un camino con un haz de varas al hombro. Hace tres semanas ese haz iba a la espalda de alguien que caminaba. La semana pasada estuvo posado en un platillo de balanza, esperando sentencia. Ahora ha sido levantado otra vez, y esta vez nadie lo mandó. Lleva todas las varas de una vez, porque hacer dos viajes le parece perder el tiempo, y porque dejar la mitad le suena a renunciar a la mitad. La carga es tan alta que le esconde la cara. Quien lo ve pasar no le ve el rostro, y él no ve el final del camino.
Socorro hay, pero todavía no llega. Júpiter y Saturno llevan semanas caminando el uno hacia el otro y el domingo por la noche ya falta menos de medio grado entre los dos, casi nada. El encuentro ocurre el lunes siguiente, un día después de que esta semana cierre. Eso es lo que da el tono a los siete días: la ayuda existe, está a la vista, está casi, y no llega a tiempo. Quien quiera comprobarlo con sus propios ojos que mire al este antes de que el cielo aclare. Júpiter salió del resplandor del Sol y está ahí de nuevo, bajo, un poquito más temprano y más alto cada mañana.
El jueves ocurre la cosa más discreta y más importante de la semana. Mercurio, que la semana pasada había desaparecido dentro del resplandor del Sol, llega al centro exacto de ese resplandor. En la astrología antigua esto no es morir. Es ser recibido: el planeta entra en la sala del rey y sale de allí con aquello que fue a buscar. Y llega ahí dentro de Virgo, donde entró el martes, que es su propia casa y el lugar del cielo donde Mercurio piensa mejor. Traducido al día a día: la claridad de esta semana viene callada. No se anuncia, no se discute con nadie y no se ve suceder. Aparece ya hecha, probablemente mientras uno está entretenido con otra cosa cualquiera.
El viernes la Luna se pone llena, y una Luna llena es sobre todo luz de más. Ilumina de golpe todo aquello que la semana ha ido cargando, y lo que se carga siempre parece mayor cuando se ve entero. Se llena en Piscis, del otro lado del Sol, que está en Virgo: de un lado lo que se puede contar y ordenar, del otro lo que no entra en ninguna cuenta y aun así pesa. Y ese mismo viernes hay un bache. El Sol y Mercurio pasan los dos en ángulo tenso con Urano con pocas horas de diferencia, y Urano es siempre aquello que se suelta. Una noticia a deshora, una pieza que se sale del sitio, una cuerda que afloja. Puede ser alivio y puede ser trabajo doble, y la diferencia entre las dos cosas está en cómo estaba atado.
Venus, entretanto, ya pasó la parte difícil. Sigue en Libra, que es su casa, y va dejando atrás el desencuentro con Saturno que marcó la semana pasada. Lo que se pesó está pesado. La tentación ahora es reabrir aquello todos los días para ver si esta vez da otro resultado, y ahí es donde una decisión deja de ser una decisión y pasa a ser sólo una cosa más a la espalda.
Por encima de todo, el Sol atraviesa la semana entera en Virgo, que es la estación de aquello que se hace. Trabajo, detalle, orden, arreglos, listas. Virgo es buena contando, y es justamente ahí donde se equivoca esta semana, porque aquello que se lleva en brazos es la única cosa que no se puede dejar en el suelo para ser contada.
En el escenario del mundo aparece el mismo dibujo. Hay cargas que caen encima de quien no las eligió y que se quedan ahí porque no hay nadie más para sostenerlas. Hay compromisos asumidos a lo largo de años que llegan todos al mismo mes, y el problema ya no es ninguno de ellos en particular, es que son todos a la vez. Hay quien sigue añadiendo varas al haz con mucha convicción y sin haber cargado nunca el haz. Hay ayuda anunciada con mucho ruido para una fecha que cae después del plazo de quien la necesita. Y hay, en un día de luz llena, una cosa mal atada que se suelta y que ya no se vuelve a atar, un papel, una grabación, una frase dicha creyendo que nadie escuchaba. Nada de esto obliga a nadie a nada, porque los astros no obligan, inclinan. Queda la pregunta de la semana: ¿de todo lo que llevo en brazos, cuánto elegí de verdad llevar, cuánto me pusieron ahí arriba sin preguntar, y cuánto podría haber dejado en el suelo hace mucho tiempo y no lo dejé sólo porque dejarlo me parecía rendirme?
ALMUTEM



