Han pasado dos semanas desde el fuego. Entretanto el Sol entró en el signo de la balanza, y hubo un día en que la luz y la oscuridad tuvieron el mismo tamaño. Desde entonces la noche gana, un poco cada día. Y el sábado pasado la Luna se llenó en un signo de fuego, y lo que ardía despacio quedó a la vista de todos. Esta semana empieza con ese fuego todavía caliente, y con una pregunta que casi nadie se hace cuando la fuerza sube: ¿cuándo se para?
El fuego ha bajado. Ya no sube alto como hace dos semanas: arde pequeño dentro de las piedras, lo justo para calentar a quien duerme. El caminante duerme en el suelo a su lado, tumbado de costado y envuelto en el manto, con la cabeza apoyada en el brazo. Es su primer sueño de verdad desde que cargó con el haz de varas. La mujer no duerme. Sigue sentada en el muro, con la vara que echó hojas de pie a su lado, y vela su sueño. A su espalda, sobre las colinas, hay una tormenta oscura y quieta, y la lluvia cae allí, no aquí. En el tejado, el gallo de hierro que desde hace semanas apunta hacia atrás sigue parado.
El lunes Marte sale de Cáncer, donde su fuego tardaba en prender, y entra en Leo, un signo de fuego donde arde a gusto. Durante semanas la fuerza estuvo contenida, calentando por dentro, y ahora encuentra el sitio donde puede crecer. En Leo ya está Júpiter, el planeta de lo que crece, y los dos juntos en el mismo signo dan valor, generosidad, ganas de dejarse ver. Dan también orgullo, y prisa por tener razón. Lo que estaba guardado dentro de las piedras tiene ahora aire para subir, y justo por eso esta semana hará falta saber cuándo parar.
El miércoles Mercurio entra en Escorpio, y las palabras bajan de tono y ganan hondura. La gente habla menos y dice más, y lo que dice cuesta olvidarlo. El viernes esas palabras chocan de frente, el mismo día, con Marte y con el planeta más hondo y más lento de todos. Es el día en que una conversación puede convertirse en un pulso sin que nadie note el paso. Quien tenga que decir algo difícil el viernes, que lo diga despacio. Y esa noche llega una ayuda discreta: Marte encuentra en ángulo fácil al planeta de la niebla, y la fuerza gana un poco de compasión, o al menos ganas de no herir.
El sábado es el centro de la semana, y en él pasan tres cosas. Marte queda exactamente del lado contrario al planeta más hondo y más lento de todos: la fuerza que acaba de llegar a su sitio se topa con algo que no cede, no se apresura y no se deja comprar. Un pulso así no se gana tirando. Esa misma mañana Venus se detiene. Venía frenando desde hace semanas, como se dijo aquí la última vez, y ahora se queda quieta en el cielo y empieza a andar hacia atrás. Solo vuelve a andar hacia delante a mediados de noviembre, ya de regreso al signo de la balanza. Venus está en un signo donde nada se resuelve en la superficie, y cuando se detiene, lo que se quiere, lo que se ama y lo que se desea piden ser revisados de raíz. No es momento de empezar amores ni de hacer compras grandes. Es momento de preguntarse qué se quiere todavía de verdad. Y aún el sábado la Luna vuelve a media luz, ahora menguando: una mitad encendida, la otra apagándose. Es el punto del mes en que se suelta lo que ya no sirve.
El domingo el Sol queda del lado contrario de Saturno. Los dos están en sitios donde tienen poca fuerza, el Sol en el signo de la balanza y Saturno en Aries, andando hacia atrás. Es el encuentro de dos autoridades cansadas, una a cada lado de la mesa, cada una esperando a que la otra ceda primero. En la balanza del lado de fuera del muro, la primera luz de la mañana enciende el platillo de la pluma, y el platillo de la piedra queda apagado. Los platillos siguen a la misma altura. Nadie gana este domingo por pesar más. Lo que se gana, cuando se gana algo, es una tregua.
Lo que esta semana pide, con tanta fuerza en el cielo, es el gesto contrario al que invita: parar. No es rendirse ni huir, y las armas no se tiran. Se quedan cerca, a mano, mientras el cuerpo descansa y alguien vela. Es el descanso de quien ha pasado por una lucha y sabe que va a necesitar estar entero otra vez. Tiene una sombra, y la sombra tiene dos caras. Una es el repliegue que se vuelve huida: llamar descanso a no querer mirar lo que duele. La otra es la tregua que solo sirve para tomar aire y volver con más fuerza al mismo sitio. Desde fuera las dos parecen sosiego. Solo quien descansa sabe si se está curando o solo huyendo.
En el escenario del mundo aparece el mismo dibujo. Hay asambleas grandes donde se habla en nombre de todos, y las decisiones toman forma en salas pequeñas al lado. Hay propuestas de tregua escritas y entregadas en mano que se quedan sin respuesta clara, y hay quien cruza el mar solo para que no sean aceptadas. Hay conversaciones antiguas que se intentan retomar en casa ajena, mientras las noches siguen llenas de pequeñas máquinas volando. Hay pasos estrechos de mar que siguen cerrados, y el precio de todo lo que debería pasar por ellos pesa en cada casa. Hay dinero prestado que no costaba tanto desde hace casi veinte años. Hay potencias grandes que acuerdan no tocar nada durante unos meses, una tregua con fecha de caducidad a la que nadie llama tregua. Casi todo lo que hoy se llama paz es una pausa con las armas al lado. Nada de esto obliga a nadie a nada, porque los astros no obligan, inclinan. Queda la pregunta de la semana: ¿dónde necesito parar de verdad, con las armas dejadas pero cerca, y dónde estoy llamando descanso a lo que es solo miedo a volver?
ALMUTEM



