La semana pasada cayó lo que ya estaba agrietado. El sábado Venus pasó por delante del Sol y dejó de verse, y esa misma mañana Mercurio se detuvo y empezó a andar hacia atrás. El domingo Venus retrocedió al signo de la balanza, y en Europa los relojes se atrasaron una hora. Esta semana no cae nada. Lo que cambia es la luz: después de la caída llega la noche en la que hay que andar sin ver bien el camino.

En la madrugada del lunes la Luna se llena en Tauro, el signo donde está más a gusto, frente al Sol en Escorpio. Ese mismo lunes el Sol queda en ángulo tenso con el planeta más lento y más lejano de todos, y lo que la semana pasada dejó a la vista no se deja tapar otra vez. A partir de ahí la Luna mengua. Cada noche sale más tarde y con menos luz, y el domingo por la noche ya es solo media. La semana entera es un descenso de la luz llena a la media luz.

Mercurio sigue andando hacia atrás en Escorpio, cada día más deprisa, y el miércoles entra en el brillo del Sol y deja de verse. Mercurio es el planeta de los caminos y de los recados, el que muestra por dónde se va, y esta semana está escondido. El viernes, todavía dentro de la luz del Sol, queda en ángulo tenso con Marte, que está en Leo junto a Júpiter y cada día más cerca de él. Es el día en que una palabra dicha a oscuras acaba con más facilidad en discusión, y en que una sospecha parece con más facilidad una certeza. Lo que oigas el viernes merece ser oído otra vez el sábado, con calma. Este retroceso de Mercurio tiene un texto propio, con todas las fechas del camino.

Venus, también andando hacia atrás, sigue retrocediendo por el signo de la balanza, que es su casa, y todavía está metida en la luz del Sol. Ya no es estrella de la tarde y aún no es estrella de la mañana. Solo a principios de la semana siguiente empieza a salir del brillo, y en los días después vuelve a aparecer baja por el este, antes del amanecer. En este paso de octubre a noviembre, en muchas tierras, es tiempo de recordar a los muertos y de encender una vela por ellos. Es la noche más antigua del año para tener miedo a la oscuridad, y esta semana el cielo tiene poca luz que dar: la Luna menguando, Mercurio escondido, Venus todavía por aparecer.

Hay noches en que el camino solo se ve unos pasos por delante, y el resto es niebla. En esas noches no sirve de nada correr, ni quedarse quieto esperando el día. Lo que sirve es andar despacio, tanteando el suelo antes de pisar, como quien conoce el camino con el cuerpo antes de conocerlo con los ojos. De noche la imaginación trabaja más: un tronco parece un animal, una rama que cruje parece un paso, y casi siempre no es nada. Tiene una sombra, y la sombra tiene dos caras. Una es el miedo que ve enemigos en todas las sombras, y que el viernes puede convertir una frase mal oída en una guerra. La otra es mirar el agua y creer que la luna está ahí, al alcance de la mano, y fiarse del reflejo bonito porque cuesta menos que hacer la travesía. Una huye de lo que no existe, la otra corre detrás de lo que no existe.

En el escenario del mundo aparece el mismo dibujo. Hay una votación grande decidida por muy poco, y quien perdió dice que el recuento no es verdadero y pide que se anule todo. Hay calles de muchas ciudades llenas de gente joven por el precio de vivir y de tener casa, y en una de ellas mandan soldados a vigilar las plazas. Hay un ataque del que se dice que no viene ahora, sin decir que no viene, mientras los mensajeros van y vienen entre las dos orillas. Hay misiles lanzados por encima de una frontera, y un aeropuerto que cierra y al día siguiente vuelve a abrir. Estos días casi todo se ve a media luz, y cada uno ve en las sombras lo que ya llevaba dentro. Nada de esto obliga a nadie a nada, porque los astros no obligan, inclinan. Queda la pregunta de la semana: cuando el camino solo se ve unos pasos por delante, ¿qué estoy tomando por verdad solo porque tengo miedo, o solo porque es bonito?