Esta es una semana de finales de trayecto. Mercurio termina los últimos grados de Cáncer, Venus termina los últimos de Virgo, Marte termina los últimos de Géminis — tres planetas cerrando su signo en los mismos siete días, cada uno en el tramo final del camino que venía haciendo. El Sol va por la mitad de Leo, en su propia casa, y es el único que sigue con holgura. El resto del cielo está llegando al final de una etapa, y el final de una etapa tiene siempre el mismo peso: no es que la carga haya aumentado, es que viene cargada desde lejos.

Saturno dice lo mismo, y lo dice con el cuerpo. Sigue prácticamente detenido en Aries después de haberse estacionado retrógrado, y en estos siete días recorre poco más de seis minutos de arco — menos de lo que la Luna recorre en doce minutos. Es la cosa que no se mueve por mucho que se empuje. Y, sin embargo, el 7 de agosto de madrugada el Sol llega al trígono exacto con él: el único encuentro de la semana entre la luz mayor y el peso, y es un encuentro bueno. Fuego con fuego. Aquello que se está aguantando tiene estructura debajo y se aguanta; solo que la estructura también va cansada, porque Saturno en Aries está lejos de casa.

A mitad de semana la Luna llega al cuarto menguante. Es la fase que cierra, no la que abre. La luz disminuye y lo que queda a la vista es lo que de hecho se construyó, sin el entusiasmo del principio prestándole brillo. No es una fase triste; es una fase de cuentas. Sirve para ver qué es lo que se está cargando, y desde cuándo.

Y aquí entra lo que vuelve traicionera esta semana. El lunes la Luna pasa sobre Neptuno y sobre Saturno, ambos en Aries: el mismo día trae la niebla y trae el peso, en ese orden. Después de eso, y durante los siete días, Venus se va apretando contra la oposición a Neptuno, que solo queda exacta la semana siguiente pero que ya se siente. Y Júpiter, que entró en el corazón del Sol la semana pasada, sigue invisible bajo los rayos, cada vez más hondo. El mayor socorro del cielo está ahí y no se lo puede señalar. La dificultad de estos días no es la carga. Es que se camina con ella de noche.

Porque la niebla no añade peso, quien carga desde hace mucho y no ve el final empieza a concluir que no hay final, y por estos días hay material de sobra para esa conclusión: Mercurio corre deprisa por las aguas de Cáncer, por la memoria, repasando todo lo que se dijo y dándole la forma que la hora sugiera. Un bulto al lado del camino es un bulto. Puede ser una piedra, puede ser un hombre, y a oscuras no se decide cuál. El error no es tener miedo, es tomar la decisión como si ya se supiera.

El alivio de la semana llega con la salida de Venus de Virgo, donde va en caída, hacia Libra, su propia casa. No es un alivio que quite la carga de encima, es un alivio que le da medida. Libra es la balanza, lo que se reparte, lo que se pide, lo que se acuerda con alguien. El peso que se lleva solo y el peso que se divide no son el mismo peso, aunque sean los mismos kilos. Y el 9 de agosto, Mercurio sale de Cáncer hacia Leo, y el habla deja la marea y encuentra voz, si hay algo que decirle a alguien, el final de la semana lo dice mejor que el principio.

En el escenario del mundo se lee el mismo dibujo. Hay mesa puesta para mitad de semana mientras las armas están en pausa y nadie sabe si la pausa es el principio de un acuerdo o solo un respiro. Hay quien carga desde hace meses una guerra que ya no elige, y hay relatos contradictorios que, desde fuera, no hay manera de verificar. Niebla y carga, otra vez, y la misma tentación de decidir a oscuras. Los astros, sin embargo, no obligan, inclinan. Queda la pregunta de la semana: de lo que llevo a la espalda, ¿cuánto es realmente mío para cargar solo, y cuánto de su peso es la carga, y cuánto es lo que imagino en la oscuridad?