Han pasado tres semanas desde la tregua. Entretanto hubo un día en que Venus y Mercurio estuvieron juntos en Escorpio, y lo que se deseaba y lo que se decía tuvieron por unos días el mismo color. La Luna nació nueva en el signo de la balanza. Esa misma noche Venus chocó de frente con la fuerza de Marte, y hubo quien descubrió que querer mucho una cosa no basta para tenerla. Después Marte encontró a Saturno en un ángulo fácil, y la fuerza aprendió a tener paciencia. Y a mitad de la semana pasada el planeta más lento y más lejano de todos, que andaba hacia atrás desde mayo, se detuvo y volvió a andar hacia delante. Lo que estaba enterrado empezó a moverse. Esta semana empieza con la tierra todavía asentándose, y con una pregunta que a nadie le gusta hacer: ¿qué había en mí que ya estaba agrietado antes de caer?

La tormenta que hace tres semanas estaba quieta a lo lejos llegó durante la noche. Pasó por todo el pueblo y ahora se marcha hacia el otro lado, todavía lloviendo sobre las colinas. La lluvia apagó la hoguera, y de las cenizas sube un hilo de vapor. El caminante ya no duerme: está de pie junto a la mujer, y los dos miran hacia el mismo sitio. Un tramo del muro donde ella se sentaba se ha caído. Las piedras están en el suelo, quietas, y por la brecha aparece el campo del otro lado, el que el muro escondía. El viento tumbó las gavillas de trigo. La gran puerta del pueblo sigue en pie, pero allá arriba solo ha quedado la varilla de hierro donde estaba el gallo, y entre las piedras caídas anda ahora un gallo de verdad, suelto. La luna, casi llena, se abre paso entre las nubes, y su luz cae sobre la brecha.

El martes Venus queda en ángulo tenso con el planeta más lento y más lejano de todos. Venus anda hacia atrás desde principios de mes, en un signo donde nada se resuelve en la superficie, y ahora se topa con algo que no cede. Lo que se quiere queda a prueba ante lo que es verdadero. Al mismo tiempo Mercurio va frenando, cada día más despacio, camino de una conversación difícil con Júpiter, que está en Leo junto a Marte. No llega. Se detiene antes. Hay palabras que esta semana casi se dicen, y no se dicen.

El viernes el Sol sale del signo de la balanza y entra en Escorpio. La estación gira: la luz, que pasó un mes pesando y comparando, empieza ahora a mirar lo que está escondido. Escorpio es el signo nocturno de Marte, y esta semana el Sol, Mercurio y Venus están todos allí a la vez. Casi todo lo que ocurre en el cielo ocurre en la casa de Marte, el planeta que corta.

El sábado es el centro de la semana. De madrugada Venus pasa por delante del Sol, por dentro de su luz, y deja de verse. Durante unos días no hay estrella de la tarde ni estrella de la mañana. Es la pluma que el viento se lleva de la balanza: el platillo queda vacío, y el de la piedra baja. Cuando Venus vuelva a aparecer, ya no será la estrella que se pone con la noche, será la que anuncia el día. Esa misma mañana Mercurio se detiene del todo y empieza a andar hacia atrás, y así sigue hasta mediados de noviembre. Lo que se dijo, se acordó y se firmó pide ser releído. No es momento para contratos con prisa ni para mensajes que no se pueden desdecir. Es momento de volver a lo que se dijo y ver si todavía es verdad.

El domingo Venus, retrocediendo, vuelve a entrar en el signo de la balanza, y la tentación es volver al equilibrio de antes, como si nada se hubiera caído. Ese mismo día los relojes se atrasan una hora en Europa, y allí la noche no crece poco a poco, como viene creciendo desde el final del verano: crece de golpe. Y en la madrugada del lunes la Luna se llena en Tauro, el signo de la tierra firme y de las cosas que se pueden tocar, frente al Sol en Escorpio y en ángulo tenso con el planeta más lento y más lejano de todos. Bajo la luz llena queda a la vista el suelo, y lo que el suelo tiene debajo.

Hay cosas que no se desmontan piedra a piedra. Caen de una vez, en una noche, y por la mañana ya no tienen vuelta atrás. Casi siempre lo que cae así ya estaba agrietado desde hacía mucho, y lo que hace la caída es mostrar lo que el muro escondía: el campo del otro lado, que siempre estuvo ahí. Por eso quien se queda de pie junto a la brecha no suele llorar el muro. Se queda quieto mirando lo que ahora se ve. Tiene una sombra, y la sombra tiene dos caras. Una es recoger las piedras y levantar el mismo muro en el mismo sitio, con las mismas piedras, para volver al equilibrio de antes. La otra es romper el resto, ya que una parte se cayó, y llamar libertad a lo que es solo rabia. Desde fuera las dos parecen valentía. Solo quien está junto a la brecha sabe si está reconstruyendo por miedo o destruyendo por orgullo.

En el escenario del mundo aparece el mismo dibujo. Hay edificios de dinero levantados sobre una promesa que, en una sola semana, pierden una parte grande de lo que decían valer, y quien tenía prisa por entrar busca ahora sitios más seguros. Hay calles llenas de gente por el precio de vivir y de tener casa, y en algunas la protesta acaba en fuego. Hay un paso estrecho de mar que unos dicen abierto y otros cerrado, mientras los barcos siguen siendo atacados y el precio de lo que por él debería pasar vuelve a subir por encima de una marca que no se veía desde hacía mucho. Hay noches con miles de máquinas pequeñas volando en los dos sentidos, y de madrugada arden depósitos y fábricas. Hay castigos anunciados que se suspenden en el último momento. Casi todo lo que estos días parecía firme muestra sus grietas, y lo que se hace con ellas todavía no está decidido. Nada de esto obliga a nadie a nada, porque los astros no obligan, inclinan. Queda la pregunta de la semana: ¿qué se cayó en mí esta semana que ya estaba agrietado desde hacía mucho, y qué muro estoy sosteniendo con las manos solo para no ver el campo del otro lado?